Sucio

Me debato entre confesárselo o callarme para siempre, mientras fricciono con violencia mi piel bajo la ducha. A cada friega se desprenden de mi cuerpo los escrúpulos, la hipocresía, la lascivia… que huyen displicentes por el sumidero. Cierro el grifo y me acerco secándome con la toalla que el verano que nos conocimos mi esposa bordó con nuestras iniciales. Ella me espera en el salón como si yo hoy hubiera llegado a mi hora, pero sabe que algo malo ha pasado y aguarda mi compañía anegada de compunción. Le doy un beso en la mejilla, sintiéndome todo un gánster, y le confieso que vengo de una pensión, que no he podido resistirme y que he vuelto a serle infiel con una prostituta. Ella rompe su rígido semblante con una mueca consentidora; es cuando yo empujo hacia la mesa la silla de ruedas, a la que le condenó el accidente de coche que tuvimos el último día que bebí alcohol, y sirvo los macarrones que sobraron ayer. Tras la cena, me ducho de nuevo y con vehemencia froto mi piel; sigo sintiéndome sucio.

#AmoresDeVerano

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La Isla de los Piratas Caídos

La Isla de los Piratas Caídos

Tras años de cruentas batallas surcando los confines del océano y derrocando a multitud de barcos enemigos, por fin varamos en La Isla de los Piratas Caídos. El lugar donde, según indicaba el mapa, estaba escondido el mayor tesoro acumulado en la historia. Unas riquezas ansiadas por los corsarios más sanguinarios que existieron y que tantas veces tintó de rojo el mar.

Desesperados, los cientos de piratas de nuestra banda bajamos de los navíos y exploramos la isla provistos de afiladas cimitarras en busca de La Cueva de la Calavera Negra, la ubicación exacta del tesoro. Como expertos lobos de mar, no tardamos mucho en hallarla. Nos vimos obligados a explotar decenas de barriles de pólvora para volar las grandes rocas que tapiaban la entrada.

Una vez dentro de la cueva, quedamos anonadados con su belleza. Leguas y leguas repletas de oro puro, de millones de diamantes y de todo tipo de joyas preciosas. Necesitaríamos meses para transportar a nuestros galeones toda la fortuna que encontramos allí. Y presto nos pusimos a ello.

Todo corsario conoce desde niño la leyenda de los piratas caídos; es la primera historia que un buen padre bucanero le cuenta a su hijo en una noche de tinieblas. Pero siempre quedó en eso, en un cuento de piratas que resurgen de las profundidades del océano a bordo de sus barcos naufragados para vengarse de las huestes que vienen a arrebatarles sus riquezas ancestrales.

Pero no era una leyenda. Por primera vez, desde que nacimos piratas, pasamos miedo.

Nos quedamos petrificados cuando llegamos a la orilla con la primera carga de oro. Incontables barcos piratas derruidos estaban emergiendo del mar y venían a por nosotros. No nos dieron tiempo ni a defendernos. Con los espolones y los cañones de sus navíos hundieron en minutos toda nuestra flota. Peor parados salimos nosotros. Eran miles de piratas acéfalos los que nos atacaron, airados por haber profanado sus tesoros; imbatibles, inmortales, cruentos, sin ninguna piedad nos decapitaron a todos, saquearon nuestros navíos y devolvieron todas las riquezas sustraídas a La Cueva de la Calavera Negra, la que de nuevo tapiaron con pesadas rocas.

Al anochecer resucitamos todos los piratas que fuimos decapitados, regresamos sin cabeza a nuestros barcos piratas y nos sumergimos en los abismos del mar. Desde entonces, custodiamos las aguas rojas que rodean La Isla de los Piratas Caídos y, en cuanto alguna osada banda de bucaneros se atreve a intentar robar el tesoro de La Cueva de la Calavera Negra, emergemos de las profundidades y les cortamos la cabeza.

#unmardehistorias para Zenda

Una familia tradicional

Había anochecido cuando él tocó a la puerta. Tres golpes secos que asustaban. Le abrí. Llevaba una auténtica vestimenta de pirata, su pata de palo parecía de madera de la buena, su descuidada barba roja casi intimidaba más que la cimitarra que reposaba sobre la vaina de su cintura, y el loro de su hombro repetía una y otra vez: “¡Al abordaje, al abordaje!”.

Sin tiempo para preguntarle qué deseaba, entró en casa y se sentó a la mesa. Me invitó a que yo hiciera lo mismo junto a él. Entonces con voz solemne me reveló el secreto. “Soy tu verdadero padre”.  Mamá, que estaba recogiendo la ropa de la azotea para salvarla de la escarcha de la noche, percibió el olor a algas demar que desprendía la ropa del visitante y bajó de inmediato las escaleras, como si no hubiera un mañana.

Mamá ni le saludó; sacó esa botella de ron cubierta de polvo que guardaba en la alacena desde que yo tengo consciencia y le sirvió una copa. El misterioso hombre que decía ser mi padre se la bebió de un trago y la acompañó con un eructo que hizo temblar las paredes. Fue cuando madre, nerviosa, miró el reloj de la cocina que aún temblaba del eructo, se asomó por la ventana que daba al mar, escrutó el puerto y, al reconocer atracado el barco pirata donde supe después que allí me engendraron, le ordenó que se volviera de inmediato al navío.

Mi padrastro estaba a punto de regresar de la oficina y madre ya no estaba para abordar nuevas aventuras, ni mucho menos protagonizadas por fantasmas del pasado.

#UnMarDeHistorias para Zenda

¡¡¡Priiiiuuu!!!

Harto de oír reproches en la fiesta de cumpleaños de mi novio, cogí el matasuegras que había comprado de un email spam y soplé con todas mis fuerzas. Inmediatamente doña Aurelia dejó de gritarme y cayó desplomada al suelo. Como si no fuera conmigo, compartí mi cara de compungido y me guardé una sonrisa bajo la lengua, mientras pensaba que mi pareja ahora estaría triste por la muerte de su madre pero, si el alargador de pene que me regalaron con el matasuegras funcionaba igual de bien, iba a ser el orgullo de mi novio.
#historiasconorgullo

El pulpo

El pulpo

Una tarde de domingo, a un bañista que tomaba el sol en una cala le sorprendió un individuo que emergió del mar y trepó por las rocas haciendo ventosa con sus extremidades. Él gritó enloquecido, pues, en un principio, le pareció un alienígena: el espécimen era calvo, la cabeza en forma de bulbo, destacaban sus ojos saltones y disponía de cuatro brazos y cuatro piernas.

Sin darle tiempo a huir, el individuo se abalanzó sobre el bañista y lo abrazó con sus cuatro brazos. Luego le arrebató el cuaderno que reposaba sobre la toalla y le escribió una poesía con la tinta de su cuerpo, tan hermosa y sincera que succionó el amor del bañista al instante.

Ambos se enamoraron y como el pulpo, así le llamaba el bañista cariñosamente, era de sangre azul, decidieron mudarse a uno de sus palacios. En la cama, aderezada con colchón de agua, él disfrutaba como nunca con sus cuatro brazos y, especialmente, con su poder de mímesis, pues le mostraba fotos de macizos de la última fiesta del Orgullo Gay y el pulpo tomaba la forma del tío bueno en segundos.

Pero un día el pulpo, mientras se refrescaba en la cala donde se conocieron, conquistó el amor, primero de un gallego y más tarde de un sanabrés. Con el tiempo vivieron los cuatro juntos y felices en el palacio. A ninguno de sus tres hombres le importó la poligamia, pues el pulpo disponía de tres corazones, uno para cada novio.